Cinco años sin Jhonander: no hay olvido para las víctimas del SAR

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Jhonander Ojeda Alemán, junto a un Superpuma del SAR del Ejército del Aire donde sufrió dos accidentes, el segundo de ellos mortal. Hay tragedias que conmueven profundamente a la sociedad y víctimas a las que nunca arrinconará el olvido. Hoy hace cinco años de la muerte de Jhonander Ojeda Alemán, el joven militar de Telde que perdió la vida en un helicóptero del SAR caído al mar el mismo día de su cumpleaños, el 22 de octubre de 2015, solo año y medio después de un primer accidente en el que perdió a cuatro de sus compañeros y él logró sobrevivir casi milagrosamente. El joven sargento Jhonander habría cumplido este jueves 32 años, pero un golpe de fatalidad segó su vida abruptamente cuando regresaba de unas maniobras militares en Senegal junto al capitán José Morales y el teniente Saúl López. El caso, ya muy trágico por la pérdida de tres vidas, acumuló dramatismo en dosis extraordinarias por varios motivos. El primero, el hecho de que el joven sargento hubiese sido año y medio antes e

Sánchez e Iglesias: cinismo e ineptitud ante la crisis migratoria




En junio de 2018, muy poco después de acceder a la presidencia del Gobierno de España, Pedro Sánchez dio la orden de abrir el puerto de Valencia para la llegada del buque Aquarius, la embarcación humanitaria con 629 inmigrantes a bordo que deambuló dramáticamente por el Mediterráneo tras el rechazo de Malta y de Italia a acoger en su suelo a los viajeros. Las crónicas de la llegada del Aquarius a Valencia relatan cómo cientos de operarios (y también cientos de periodistas) se desplegaron para dar cobertura a lo que se convirtió en un deliberado show propagandístico con epicentro en Moncloa.

Meses después, el mismo Pedro Sánchez describió la experiencia en su libro `Manual de Resistencia´ y dijo que "haber salvado la vida" a los viajeros del Aquarius le había demostrado "que vale la pena dedicarse a la política". El político socialista fue mucho más allá. Sacó pecho de lo que, según dijo, fue un toque de atención a la Unión Europea para invocar una asistencia coordinada a las crisis migratorias. Y remató: "Podíamos haber mirado para otro lado, como ocurre con demasiada frecuencia respecto al tema de las migraciones"... 

Corría el mes de junio de 2018 y dos semanas después de la decisión de Sánchez, Pablo Iglesias (Podemos) arremetía contra el dirigente socialista. La causa no fue el Aquarius, sino el hecho de que Sánchez le diera la razón al mandatario francés Emmanuel Macron cuando éste propuso que se constituyeran centros cerrados para el desembarco de inmigrantes irregulares en puertos europeos. Iglesias literalmente se incendió y estas fueron sus palabras al respecto: "Es inaceptable levantar muros. (...) Es inhumano y va en contra de los derechos democráticos europeos". 

Pues bien. Ni Pedro Sánchez, ni Pablo Iglesias han encontrado durante los últimos quince días ni un minuto para ocuparse de los más de 400 inmigrantes magrebíes y subsaharianos que, literalmente, han pasado semanas abrasándose al sol en el muelle grancanario de Arguineguín, donde hasta este viernes han permanecido confinados por orden, descuido o total ineptitud de su Gobierno. No en un centro cerrado como los que defendía Macron. Sino en un campamento bochornoso y totalmente inhumano que ha mantenido a más de 400 personas, mujeres y niños incluidos, durmiendo sobre mantas en el suelo, unas pocas colchonetas de playa y una docena de carpas desplegadas por la Cruz Roja, tan insuficientes que los migrantes ni siquiera han podido asegurarse un lugar a la sombra cuando el sol ha caído a plomo sobre ellos.

Ni Sánchez ni Iglesias han encontrado tampoco un minuto de su tiempo para esbozar ni un mísero mensaje de preocupación por las docenas de inmigrantes que han llegado sanos a las costas de Gran Canaria y se han contagiado de Covid en suelo insular. Pero no por contagios de otros migrantes que ya llegaron con el coronavirus, sino por las penosas condiciones en que se hacinan en varios de los centros de acogida improvisados en Gran Canaria, bajo la responsabilidad directa del ministerio de Migraciones. Como no lo han encontrado tampoco para alarmarse por la espiral de racismo y xenofobia que la errática gestión de su propio Ejecutivo en materia migratoria está alimentando en Gran Canaria, por ineptitud y negligencia temerarias.

No es la primera vez que Canarias soporta una crisis migratoria durísima. Fue mucho peor en 2006, con la arribada de más de treinta mil personas y una secuencia de naufragios terroríficos a pie de costa que se saldaban con decenas de muertos en la orilla. Pero sí es la primera vez que una crisis así coincide con otra, sanitaria, y con una tercera, económica, derivada del Covid. Un cóctel explosivo en una sociedad altamente golpeada por la crisis del turismo que ha asistido estupefacta a la incapacidad de todo un Gobierno de España para encontrar durante dos semanas un lugar donde alojar a los más de 400 migrantes de Arguineguín. Y que además presume, como hizo esta semana la secretaria de Estado de Migraciones, Hana Jalloul, de "activar el sector turístico golpeado por el Covid-19" con el alojamiento de otros grupos de migrantes en hoteles y complejos de apartamentos. ¿Querías caldo de desfachatez? Pues ahí fueron dos tazas...

Canarias ya se sintió muy sola en 2006 cuando los inmigrantes se amontonaban a miles en centros de internamiento o eran directamente abandonados a su suerte en plena calle. Canarias ya vivió muchas veces la angustia de aquellos naufragios pavorosos que se producían en el último minuto, muchas veces cuando agentes de la guardia civil trataban de auxiliar a los migrantes y éstos se ponían nerviosos, desoían el grito de mantenerse quietos y acababan siendo tragados por el mar, muchas veces en medio de la noche, tras el vuelco súbito de los cayucos. Canarias ya se solidarizó muchas veces con miles de migrantes, mucho antes de que las palabras Lampedusa, Open Arms o el niño Alan evocaran con toda su terrible crudeza la dimensión del drama de la inmigración. Y por supuesto mucho antes de que Sánchez descubriera los réditos propagandísticos del Aquarius.

Lo que nunca había visto Canarias es el insoportable cinismo de políticos que, habiendo presumido hasta la exasperación de aquel show organizado a cuenta de los infelices viajeros del Aquarius, ahora han mirado durante días para otro lado cuando otros pobres desgraciados como ellos se desesperaban al sol tirados literalmente durante semanas en el muelle de Arguineguín. Como si tampoco fuera con ellos el estupor y la indignación de los ciudadanos canarios que no dan crédito ante el nivel y la espiral de desatinos.

Este viernes, a última hora, se conoció el anuncio de que el campamento de Arguineguín será desmantelado "en horas" y los migrantes, alojados en condiciones dignas. Como siempre ha de mediar una foto, se hizo público durante una oportuna visita anunciada solo dos horas antes del presidente canario, el delegado del gobierno y la consejera de asuntos sociales del Ejecutivo regional (Podemos).

Pero han tenido que pasar 15 días de bochorno e indignidad en Arguineguín por el inexcusable trato a los migrantes y también a Gran Canaria del Gobierno de Sánchez e Iglesias, incluido el plantón que a última hora le dio a la isla su ministro de Migraciones. Se dicen el uno socialista y el otro "de la gente". Cacarean sin descanso las palabras solidaridad, unidad y respeto a los derechos humanos. Pero han dormido a pierna suelta tras ejecutar desde su Ejecutivo la orden de que hombres, mujeres y niños se amontonaran sin piedad en el suelo o una colchoneta de playa en un muelle de Arguineguín. Canarias les queda muy lejos. Y de vergüenza carecen. 

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