Las vidas perdidas del Covid

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Los contagios de Covid se van estabilizando poco a poco y "solo" suben en 70 nuevos casos en Gran Canaria. Pero la pandemia se ha cobrado entre ayer y hoy nueve vidas en Canarias, entre ellas la de una persona de solo 23 años. Dice la estadística que casi todos los fallecidos eran de edad avanzada y que la persona joven tenía patologías muy graves. Tristísima manera de relativizar las muertes. Que fueran mayores o que tuvieran otras enfermedades no hace estas muertes menos trágicas para quienes se fueron o para sus familias. Pero así es la retórica del poder y también del periodismo desde que comenzó esta pandemia. En España y en Canarias. Si se ralentizan los casos, pero suben los decesos, allá va la verdad oficial a relativizar esas muertes. Era un anciano, o era fumador y mayor de 60, o era joven pero tenía cáncer o leucemia... La gélida frialdad con que la verdad oficial encubre o trata de encubrir todo aquello que el poder pudo hacer y no hizo para evitarlo.Y así con lo…

Gran Canaria se asoma sin remedio al abismo del Covid





Canarias acumuló este jueves 27 de agosto 327 nuevos casos de Covid, lo que coloca el total autonómico en 3.124 activos en estos momentos. Y subiendo. Es la peor cifra desde el inicio de la pandemia, con rasgos alarmantes en Gran Canaria, que suma 255 de esos nuevos casos en solo 24 horas. El dato es aún más desalentador en Las Palmas de Gran Canaria: con 1.826 activos, 216 nuevos en solo 24 horas, el coronavirus no da tregua a la ciudad, que 
cabalga ya sin remedio hacia los dos mil casos. Un registro que previsiblemente se alcance en las próximas horas y que cuadruplicará dramáticamente el número de casos activos confirmados el 16 de agosto, es decir, hace solo once días.

Pero ni el alarmante aumento de los contagios ni la progresión de hospitalizaciones e ingresos en las UCI ha sido suficiente para que el Gobierno de Canarias, en quien descansa en estos momentos la responsabilidad de controlar esta pandemia en Canarias, endurezca de forma significativa las medidas de contención del virus, especialmente en la capital grancanaria. Ni tampoco para que su presidente, Ángel Víctor Torres, dé explicaciones mínimamente razonables y mucho menos convincentes sobre algunos aspectos esenciales para atajar y amortiguar el efecto de la pandemia. Empezando por la respuesta (por ahora inexistente) en términos de reforzamiento de los medios sanitarios ante un ya más que previsible desbordamiento de los recursos hospitalarios en Gran Canaria y probablemente también en Lanzarote.

Muchas expectativas se habían colocado este jueves sobre la reunión especial del Consejo de Gobierno de Canarias y sobre el posterior encuentro de su presidente con representantes de los cuerpos y fuerzas de seguridad. La decepción, por decirlo muy suavemente, se asomó nada más comenzó la comparecencia del presidente. Torres admitió nada más comenzar que Canarias se enfrenta a los peores registros de casos desde que comenzó la pandemia. Pero, ¿cuál es la receta de su Gobierno para controlarlo? Básicamente una demencial tibieza.

Ni confinamientos selectivos, ni cierre de espacios públicos o privados de especial riesgo, ni controles de horarios o de aforos más estrictos, ni tan siquiera una recomendación a la población de la ciudad más castigada para que restrinja todo lo posible salir a la calle, donde el virus no da respiro. Nada de eso. ¿Sus medidas excepcionales? Son estas: suspender en Gran Canaria todo evento que supere las diez personas, adelantar el cierre de los locales de restauración a la medianoche, cerrar los centros de día no ocupacionales y hacer cribados sin especificar en "zonas calientes", que tampoco detalló. Porque, según parece, el Gobierno de Canarias no entiende o no considera que la primera medida para que los ciudadanos puedan tomar autónomamente precauciones razonables empieza por saber dónde está el mayor riesgo, esto es, identificar con claridad meridiana qué barrios, qué zonas y qué lugares concentran en estos momentos los mayores índices de contagio para extremar la prevención.

Pero no acaba ahí la decepción. Ángel Víctor Torres no fue capaz este jueves de responder ante los periodistas una pregunta muy sencilla: ¿qué piensa hacer su gobierno con los cuadros médicos y sanitarios llamados a atender esta virulenta segunda ola del virus? La única respuesta del presidente fue este jueves tan vaga como... ¿cómo calificarla? ¿Inconsistente? ¿Insuficiente? ¿O sencillamente indecente? ¿Cómo calificar que la única respuesta del Gobierno sea la de `reforzar´ los cuadros médicos llamando a profesionales que están de vacaciones para que se reincorporen antes a sus puestos de trabajo, incluso reconociendo que algunos ya venían agotados de la oleada anterior?

Torres quiso forzar un cierto tono de dramatismo cuando alertó este jueves de que el aumento de los ingresos está llevando a los hospitales a jóvenes de poco más de veinte años con afecciones respiratorias graves. Pero, ¿es así, con discursos del miedo, como se combaten las pandemias? ¿Solo con miedo y apenas unas pocas restricciones, a todas luces insuficientes ante la progresión alocada del virus en lugares como Las Palmas de GC o Arrecife? ¿O con refuerzos de cuadros hospitalarios y de rastreo efectivo? ¿Y qué hay de la atención primaria, donde incluso las citas telefónicas, ¡telefónicas!, acumulan estos días una demora media de entre 10 y 15 días?

De esto, sin embargo, no habló el señor presidente. Ni de la inquietante escalada de ingresos, ni del aumento de la presión asistencial, singularmente en el hospital de Gran Canaria Doctor Negrín. Ni una palabra sobre refuerzos. Ni una palabra sobre medidas alternativas. Ni una sola reflexión que permita atisbar qué ocurrirá si, a la vista de la progresión de los contagios, los dos hospitales grancanarios y sus UCI se desbordan sin remedio. ¿Y qué sucederá entonces? ¿A qué quedará Gran Canaria abocada cuando eso ocurra? ¿A montar a las carreras carpas de emergencia con camas plegables? ¿A aplicar los criterios de medicina de catástrofe de la que hablaban los intensivistas españoles cuando arreció la primera ola del Covid, esos criterios que obligan a seleccionar a los pacientes en función de su edad o sus patologías previas, o lo que es lo mismo, a decidir in situ a quién salvar y a quién dejar morir? Porque todo eso, lamentablemente, ya ha ocurrido en lugares donde la progresión del virus golpeó con violencia durante la primera oleada del Covid. Pero, por lo que se ve, ni la política, ni los gestores, ni el tan cacareado comité científico del presidente canario, ese cuyo portavoz negaba la letalidad del virus a comienzos de la pandemia, han aprendido NADA. A propósito, ¿hay ya intensivistas en ese comité científico? ¿Y neumólogos? 

No fue la única laguna clamorosa del discurso presidencial. A la pregunta de una periodista sobre el inicio del curso escolar, el presidente se perdió en un paisaje de vaguedades para decir esto: otra vez nada. O lo que es lo mismo, que en breve se celebrará un consejo interterritorial de educación y que entonces, con la vista puesta en la mitad de septiembre (¿...?), el Gobierno tomará decisiones.

La única decisión que sí tomó este jueves fue la de pedir cien rastreadores militares de los dos mil que ha ofrecido Pedro Sánchez (¡menos mal!), así como la colaboración de las policías locales, la Nacional y la Guardia Civil para empapelar a todo aquel que se salte las normas. Que eso, empapelar y multar, está muy bien. Y se espera por supuesto el máximo rigor. Pero su anuncio deja un regusto tan amargo como inquietante: la percepción de que este Gobierno ha caído en la tentación de socializar la responsabilidad y poner un acento totalmente hipertrofiado en la culpa de la gente, cuando él mismo no parece tener ni la menor idea de qué hacer para que salgamos de esta. No ya con la economía malparada. Sino vivos o medianamente sanos. 

Y otro día hablamos de qué tiene que ver todo esto con el histórico de nombramientos de este Gobierno en la Consejería de Sanidad, salvando el breve y eficiente lapso en que se ocupó de ella Julio Pérez. Pues quizá ahí resida parte del pecado original. En creer que políticos sin competencia alguna en materia sanitaria pueden hacerse cargo de una maquinaria tan extremadamente compleja en medio de la peor crisis sanitaria del mundo en el último siglo. 

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