viernes, 12 de enero de 2018

El gran maestro de la calma: en recuerdo de Julio Puente

La peor llamada es la que no se hace. El peor mensaje, el que nunca se envía. Julio Puente, periodista y sobre todo un ser humano excepcional, se ha ido. La noticia de su muerte es una realidad que abofetea desde las páginas de los periódicos que él amó y por los que se desvivió. Que se remata con la amarga certeza de que esa llamada que no hiciste a tiempo ya nunca la podrás hacer. Que su voz grave ya no estará para hacerte estallar en una carcajada pasando la realidad por el filtro implacable de su divertidísimo sarcasmo. Pero sobre todo, con la frustración de que nunca le dijeras cuánto cariño se ganó a fuerza de impartir enseñanzas impagables de humanidad.

Tuve la inmensa fortuna de conocer a Julio Puente en 2001, cuando él ya llevaba algún tiempo en la dirección de La Provincia y yo regresaba a Gran Canaria año y medio después del nacimiento de La Opinión de Tenerife. En las esquinas oscuras de las redacciones se tejen a veces absurdas leyendas acerca de la personalidad y el talante de los directores. Antes del aterrizaje, la que a mí me llegó de él es que era un tipo duro y seco y con un punto de misoginia en su relación profesional con las mujeres periodistas. Pocas veces mintió tanto un cuento chino de pasillo.

Ciertamente, desde sus casi dos metros de altura y su seriedad inicial, Julio Puente era como un gigante ante el cual tenías la sensación de empequeñecer hasta hacerte diminuta. Pero, una vez franqueada esa primera puerta, lo que emergía era un ser humano extraordinario, capaz como muy pocos de timonear una redacción con tanta autoridad como sentido de la humildad para escuchar y aprender de sus periodistas, mordacidad para romper con la risa tensiones inevitables, ecuanimidad y sentido de la justicia. Y por supuesto, sin rastro alguno de misoginia profesional. Aún hoy me pregunto dónde y por qué se gestó una leyenda tan surrealista como absurda y mentirosa.

Viví junto a Julio Puente en la redacción del periódico La Provincia algunos de los sucesos más dramáticos con que se estrenó el siglo XXI. Primero el tenebroso 11 de septiembre de 2001. Después el no menos fatídico 11-M de Madrid. La imagen que siempre guardaré de él es la de un hombre sereno, con una increíble capacidad para mantener una calma imperturbable incluso cuando el mundo entero enloquecía noqueado por la incomprensión y el dolor ante aquellos golpes brutales del terror.

Julio nos reunía, escuchaba, escuchaba, escuchaba, escuchaba... y luego daba las instrucciones precisas. Muy pocas en realidad. Con Julio al mando, todos sabíamos con muy pocas palabras qué teníamos que hacer. Era su manera, tan sabia, de hacer navegar aquel barco son seguridad sin que encallara en el caos al que tienen propensión todas las redacciones del planeta, más aún ante episodios tan espantosos de la historia del mundo.

Ese era el Julio director. Y luego estaba el Julio periodista. Aquel con un sexto, un séptimo, un octavo y hasta un noveno sentido para saber quién, cómo, por qué y cuándo se la intentaban colar al periódico o al periodista. Dónde estaban los farsantes, los corruptos o los mentirosos. El Julio que diseccionaba la realidad con la precisión de un cirujano. Porque si un enredador osaba acercarse con alguna engañifa, él ya había ido y venido y por supuesto descubierto por el camino todas las aristas del engaño o la malicia.

Pero más allá del Julio director y del Julio periodista que amaba el cine y el fútbol, el que nos quedará siempre en el corazón es el Julio Puente ser humano, el que destilaba una rara mezcla de finísima ironía y a la vez ternura. El que sabía acercase al becario más joven de la redacción y mandarlo al cine con entrada pagada para que respirara. "Anda, vete, descubre una buena película y mañana escribes una crítica". El que inoculaba su calma con sus paseos por la redacción. El que adivinaba sin que abrieras la boca si tenías algún problema en casa con tus hijos y daba clases desternillantes acerca de cómo lidiar primero con los mocos y luego con la adolescencia.

Como buen capitán de barco, siempre salía el último de la redacción cuando ya solo quedaba de guardia la sección de cierre. Le encantaba caminar. Pero, a las tantas de la noche, muchas veces accedía a que le acercara a casa en mi coche. Y entonces, casi siempre remataba el trayecto con alguna de las frases geniales con que tantas veces nos hizo sonreír o reír en la redacción, ya se hablara de políticos o de trapisondas por colisión de egos entre periodistas. "Al enemigo, ni una mala palabra, ni una buena acción".

"¿Correcta la línea? Pues seguimos para bingo..."

Hasta la vista, maestro. Y toda mi solidaridad con tu familia.