viernes, 16 de octubre de 2015

Las becas, los jóvenes y los jefecillos del poder

Colas de jóvenes para pedir una beca ante la Consejería de Educación.


Es posible que la inteligencia de una sociedad pueda medirse por el esmero que pone en atender y cualificar a sus jóvenes, la única esperanza solvente de mejora colectiva. Si tomáramos ese factor como síntoma de sabiduría, es igualmente probable que Canarias se despeñara por el precipicio del suspenso radical.


Este jueves 15 de octubre, a cualquiera que pasara por las inmediaciones de los antiguos juzgados en la calle Granadera de Las Palmas de Gran Canaria, le asombraba la visión de colas kilométricas que dieron la vuelta al menos a tres manzanas. Colas repletas de jóvenes muy jóvenes cargados de papeles (sí, el antediluviano papel en la era digital) con destino al registro de la Consejería de Educación y más concretamente a la Dirección General de Universidades.

Este jueves era el último día para que centenares de jóvenes de toda Canarias formalizaran su petición para acceder a las becas de la Comunidad Autónoma para formación universitaria. Nadie previó un posible reboso de solicitudes presenciales, en vista de las dificultades para formalizar solicitudes a través de internet. El caso es que allí, a las puertas de la Dirección General, el viejo edificio de los juzgados se vio cercado durante una larga mañana de colas kilométricas que dejaban estupefactos a todos los transeúntes. Bajo un sol de justicia, sin sombra alguna bajo la que protegerse. En algunos casos suplidos por padres e incluso por abuelos. Literalmente amontonados en la calle.

Desde varias ventanas más arriba a la planta baja donde se sitúa el registro, algunos funcionarios de la Consejería de Educación se echaban literalmente las manos a la cabeza. Colas kilométricas para poner un simple sello. "Con lo sencillo que hubiese sido coger a todo el personal auxiliar, darles un simple tampón y ponerlos a recoger solicitudes cuando llegó la marea…" Pues no. A ningún alto cargo le importó lo más mínimo que, más allá de la aparente anécdota de perder una mañana de clases o de trabajo, se diera en plena calle un espectáculo tan surrealista en la era digital como tercermundista en su concepto: jóvenes haciendo cola para pedir ayuda para… estudiar.

A la política, a estos políticos, se les llena la boca haciendo apología de la sociedad del conocimiento, brindando al sol soflamas acerca de nuestro necesario progreso intelectual. Pero arriba, en los despachos, el frufrú de las moquetas y las batallas del canibalismo preelectoral aplastan el sonido de la calle y condena a la invisibilidad al único destinatario del trabajo público: el ciudadano. Y si cientos de jóvenes están literalmente tirados sobre la acera bajo el sol, pues que esperen. Que ellos son jóvenes y pueden y los pobrecitos jefecillos del poder bastante tienen ya con la engorrosa tarea de afilar bien la tijera para decidir cuántos de ellos se quedarán además sin beca.


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