domingo, 14 de diciembre de 2014

Las manos rojo sangre del poder de los Mácbez


Foto de www.losmacbez.es

La ambición y la traición son elementos inseparables de la política y si traes a los Macbeth de Shakespeare hasta el 2014, casi da igual que sitúes al personaje central acuchillando en un pazo gallego, en un pasillo del Congreso o en una esquina de la Carrera de San Jerónimo. Tal vez por eso resulte tan espléndida la versión libre del clásico que, con el título de Los Mácbez, adaptación de Juan Cavestany y dirección de Andrés Lima, llevan al escenario los actores Carmen Machi y Javier Gutiérrez. Que si grandes son, aún más enormes se hacen en escena alimentados por la mezquindad, la impostura y los delirios que carcomen a los personajes centrales de esta tragedia y los conducen sinuosamente al abismo. Machi y Gutiérrez han cerrado este domingo una mini gira de tres días en el Cuyás de Gran Canaria y en el aire del teatro queda una interpretación ejemplar, el guiño de una actualización del guión casi en tiempo real a estos tiempos de Bankias y consortes tramposos (¿cómo explicar de otro modo que los personajes bromeen hasta con las tarjetas black?) y sobre todo una inquietante pregunta: ¿a cuántos políticos o ejecutivos tóxicos de los que conoces podrías colocar en el lugar de Javier Gutiérrez cometiendo asesinatos siquiera figurados?



Este Mácbez y su lady son exactamente lo que parecen: uno de esos ejemplares de especie trepadora que tanto abundan en la política real y su señora esposa, una criatura de maldad quintaesenciada que le coge afición al asesinato en estilo indirecto porque no es ella, sino su cónyuge y marioneta, quien acaba hundiendo los cuchillos entre las costillas de los otros. Dos seres unidos por la misma sed de poder, el uno progresivamente enloquecido por un cóctel venenoso de ambición y culpa, la otra poseedora de esa crueldad fría y sutil que exhiben las serpientes antes devorar o dar una mordida letal a su pieza.

De modo que siéntate en tu butaca ante los Mácbez de Cavestany, Lima, Machi y Gutiérrez y luego vete a casa pensando a cuántos de los políticos que conoces podrías imaginar sin dificultad sembrando de emboscadas el camino de sus competidores. O peor aún, cuántos dedos de la mano podrían sobrarte si hicieras el intento inverso, tratando de excluir a aquellos que no acabarían cegados por el hambre del poder. Bien es verdad que, hasta donde sabemos, los nuestros de las Gurtel, los trajes, los cumpleaños con confeti, las black o los pelotazos tipo Las Teresitas no han adquirido todavía la costumbre de liquidar al contrincante por la expedita vía de segarles la carótida con un cuchillo jamonero. Pero no es menos cierto que en política, y más aún en los oscuros meandros de su versión orgánica, el deseo virtual de matar y las ejecuciones por aplastamiento o arrinconamiento del contrario son prácticas cotidianas hasta el borde mismo de la náusea. Y nada digamos si el contrincante a perseguir y sabotear muestra signos reales de talento, más allá del de medrar por el control de los 'aparatos'. Ay, los aparatos. Esa genuina máquina de asesinar la inteligencia.

Todo lo cual no deja de ser una gran putada. Esto es: vas al teatro para despejar tu cabeza de todas las miserias del poder en sus múltiples variaciones y permutaciones, y acabas allí, en la butaca, poniéndole sucesivamente un nombre, y luego otro, y otro a ese Mácbez bajito y cobarde que es todo él un quiero y no puedo del poder. Lo mismo que a su señora esposa, en cuya trastienda ves la sombra de aquella arpía que acabó creyéndose más poderosa e infalible que su mediocre marido antes de precipitarse conjuntamente por el abismo de la impopularidad y el estacazo. O de aquella otra que se frota ahora las manos esperando el asalto y lanza grititos de "¡machismo, machismo!" cada vez que alguien le afea la conducta de alguna vida anterior.

Pero donde definitivamente todo cobra sentido de realidad cercana es en ese último segundo de Los Mácbez, cuando ganan 'los buenos' y, aún sin acabar el mítin, la narradora de la versión adaptada se desliza sutilmente por el escenario para pintar de rojo sangre las manos de los vencedores. ¿Les suena?

Pues eso: espectacular.


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