domingo, 5 de octubre de 2014

Feliz vuelo, queridísima Iballa



Iballa Socorro, periodista.


La muerte pasa a veces como si una estalactita helada se desprendiera del cielo y dejara junto a tu cuello el rastro gélido de la ausencia de esperanza. Si sucede abrupta e inesperadamente es difícil metabolizar a la vez el impacto casi metálico de la incredulidad y el inevitable sentimiento de desolación. Pero si además quien se ha ido tiene solo 27 años y no ha hecho sino empezar el calentamiento en esa carrera trufada de sorpresas y golpes que es la vida, entonces es como si una maza te hubiera golpeado la cara y sumaras a la consternación el vértigo de saber que alguien ha cruzado demasiado pronto el punto de no retorno. Leo y releo en mi pantalla que Iballa Socorro, periodista de La Provincia, una joven cuya piel era tan blanca como dulce su sonrisa, ha muerto en Costa Rica tras tropezar muy lejos de casa con una dolencia cardiaca y sencillamente no puedo, no me lo quiero creer. Escucho al teléfono un relato de las últimas 72 horas de sus vacaciones abrupta y dramáticamente interrumpidas en Costa Rica y ni aún así puedo acabar de dar crédito a esta noticia horrorosa.

A Iballa la llevo en mi iPad. Tropecé con ella hace unas pocas semanas en la comparecencia de un político y quiso la casualidad que sus ojos de mirada serena quedaran grabados en una secuencia de fotos. Miro ahora una y otra vez esas fotos y no me puedo, no me quiero creer, que la dulce Iballa, la chica que jamás elevaba la voz, la paciente, minuciosa, versátil y tenaz periodista con la que tuve la fortuna de emprender y recorrer un tramo importante del camino en su carrera profesional, la cariñosa joven con la que bajé aquel día la escalera charlando de nimiedades del oficio y de afectos compartidos por algunos de nuestros compañeros de profesión, se haya ido para siempre. Cómo imaginar Iballa, queridísima Iballa, que aquella sería la última sonrisa tuya que tendría la ocasión de atrapar al vuelo antes de que llegara tu taxi y te fueras a escribir, sin perder de vista ni los ritmos del oficio ni la tiranía con que el reloj somete a los periodistas, pero con el mismo aplomo y la misma sensatez calmosa con que tú lo hacías todo.

Se arruinó el domingo, Iballa. Nos dejas tu inteligencia emocional, tu saber manejarte ante cualquier desafío profesional como si en lugar de ir a buscar noticias en escenarios a veces ingratos, el periodismo fuera para ti como sentarte a estudiar e interpretar con delicadeza de orfebre una partitura de piano. Nos dejas tu calma, tu eterna serenidad, la sonrisa plácida con que tú invariablemente escuchabas y afrontabas cualquier encargo, por complejo que éste fuera, por muchas horas que requirieran o por esquivas o pelmazas que fueran las fuentes. Pero sobre todo, Iballa, dulce Iballa, nos dejas tu bondad y esa sonrisa que ya nadie apagará.

Sólo consuela saber que en alguna parte se habrá producido un reencuentro hermoso.

Feliz vuelo, queridísima niña.
















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