martes, 6 de mayo de 2014

Déjeme que le pregunte, general jefe del Macan

Dice el general Salto, jefe del Mando Aéreo de Canarias, que los militares muertos en el accidente del helicóptero del 19 de marzo eran personas valientes y sacrificadas a las que se tributó en sus honras fúnebres una despedida "militarmente solemne, humanamente sensible y protocolariamente señorial". Desde mi completa ignorancia de la jerga militar o doméstica de los generales, confieso desconocer qué clase de atributo representa la palabra "señorial" referida a un funeral. Pero sí añadiría a la descripción del general Salto la otra versión que otros vimos de la despedida realizada en la Base Aérea el domingo 27 de abril, 40 días y 40 noches después de que se desencadenara la tragedia del helicóptero del SAR. Y créame general cuando le digo que algunos periodistas callan a veces muchas cosas por una muy elemental prudencia, por escrupuloso respeto a las víctimas y sobre todo por no hacer aún más daño a familias que han sufrido hasta el límite de lo humanamente soportable los retrasos, las torpezas, las mezquindades, las incompetencias y las inacciones de otros.



Para empezar, déjeme que le diga general que muchos echamos de menos en ese funeral la presencia del Príncipe Felipe. Y no solo porque se tratara de cuatro militares fallecidos en acto de servicio y además miembros en el colmo de las malhadadas paradojas de un cuerpo de búsqueda y rescate. Ni porque Felipe de Borbón compartiera con tres de los desaparecidos la condición de piloto de helicóptero militar. Ni siquiera porque apenas unos días después tuviera programado ir a hacer una exhibición de sonrisas en familia a la Academia de San Javier del Ejército del Aire. No, general. En un clima de irritación creciente de la sociedad con algunos miembros de la familia real por el parasitismo manifiesto del que algunos se han lucrado a la sombra de la Monarquía, al Príncipe, futuro Rey y futuro mando supremo de las Fuerzas Armadas, se le echó sobre todo de menos porque era el gesto mínimo de sensibilidad que cabía esperar ante un drama que, ni planeado por el más perverso y diabólico de los cerebros, hubiese reunido tal cúmulo de horrendas horas de espera, trágicos rescates fallidos y, pulverizados ya todos los límites del sufrimiento humano, esos últimos cinco días de calvario y crueldad quintaesenciada aguardando por las pruebas forenses.

La pregunta no es, general, si el funeral celebrado en la base aérea fue "protocolariamente señorial" o no. La cuestión es qué tenía que hacer ese domingo el Príncipe mejor que acercarse a cuatro familias, por una muy básica cuestión de solidaridad humana, a trasladarles algo de calor, aún a sabiendas de que el consuelo era (y usted seguramente sabe muy bien por qué) misión imposible. Qué costaba un simple gesto, a sabiendas del dolor inenarrable por las circunstancias en que se producían esos actos fúnebres. Qué había de irrelevante, innecesario o gratuito en volar dos horas de venida y otras dos de vuelta para transmitir siquiera una sonrisa de afecto no ya solo a las devastadas familias, sino a los compañeros directos de las víctimas en el SAR o a aquellos otros militares que no dudaron en jugarse la vida con tal de que, de alguna manera, los cuatro fallecidos pudieran estar en su propia despedida.

¿"Protocolariamente señorial"? Ya que cita usted la presencia del ministro Morenés en los funerales como una garantía de "acto muy digno", díganos por favor general qué tiene de digno, de 'protocolario' o de mínimamente 'señorial' que, apenas unas horas después de que ese helicóptero se hundiera en el Atlántico arrastrando consigo las vidas de cuatro personas demasiado jóvenes para morir, el titular de Defensa se pusiera a explicar sin que nadie preguntara cuántas horas de vuelo tenía el Súper Puma y cuánto tiempo había pasado desde su última ITV. Díganos qué tiene de protocolario y señorial que, de camino, se dejara flotando la sospecha razonable de que, si algo falló, quizá no fueron ni la técnica ni el vehículo, sino el factor humano. Ese maldito desparpajo con que se deposita sutilmente la mirada de la responsabilidad en el que ya no podrá jamás responder. ¿Protocolario? ¿Señorial? Yo diría más bien humanamente impresentable en aquel día y aquella hora. A lo que siguió 38 días después esa frialdad glacial con que se canceló inopinada y sorprendentemente la búsqueda y se abrió hueco en la agenda para cerrar cuanto antes un capítulo manifiestamente molesto en el resumen de prensa diario del Ministerio de Defensa, despachado muchos días por cierto con una irritante displicencia (sinónimo de abulia) por su gabinete (civil) de comunicación. Todo muy elocuente y nada señorial en absoluto, eso se lo puedo asegurar.

Dicho esto, quizá no hiciera demasiada falta que subrayara usted tal día como hoy que los militares, aunque sufran, tienen que sobreponerse y volver a su día a día y a sus cosas marciales. Innecesario. Primero porque ya lo saben. Y segundo porque hay heridas que tal vez cueste cerrar más que otras. Una lástima que en el relatorio de tareas pendientes olvidara citar usted a los miembros de la comisión de investigación de accidentes de aeronaves militares. Sí, esos que, en paralelo a la investigación del juez togado militar, tendrán que determinar ahora qué pasó, qué falló, qué cosas funcionaron y cuáles no para que esta horrible tragedia que ha ido lastimosamente mucho más allá de la muerte de cuatro personas demasiado jóvenes para morir no vuelva a repetirse ni otras familias tengan que pasar por este atroz calvario de 40 días y 40 noches de desesperación. Y otro día si quiere le pregunto, ya que no se deja el ministro Morenés, quién fue el cerebro que diseñó la operación de búsqueda subacuática para 23 días después del siniestro y quién o quiénes los que desecharon recursos humanos y materiales más cercanos que un barco con base en Chipre que quizá pudieran haber anticipado al menos parte de la búsqueda en el fondo del mar. Pero eso, general, si le parece, se lo pregunto otro día.
















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