La venganza de los pollos sin cabeza

POLÍTICA


El descerebramiento de los independentistas reciclados de CC da hasta para vituperar a la diputada Oramas por decir alto y claro que Canarias sola no iría a ninguna parte




TERESA CÁRDENES, Las Palmas de Gran Canaria

La política genera extraños espectáculos que los ciudadanos prefieren ignorar, seguramente por el infinito hastío que producen las batallas de salón. Pero incluso sobreponiéndose al cansancio, conviene detenerse a veces en episodios como el protagonizado el martes en el Congreso de los Diputados por los dos parlamentarios que representan al nacionalismo canario: Pedro Quevedo (Nueva Canarias), que votó a favor del ceder a Cataluña el derecho a convocar un referéndum sobre su independencia, y Ana Oramas, que invocó la necesidad de no mirar para otro lado ante la complejísima cuestión catalana, pero finalmente se abstuvo, llevando a la Cámara la posición previamente prefijada por su partido en Canarias.




No es la primera vez que ocurre ni probablemente será la última. Quevedo y Oramas ya han separado otras veces sus caminos y sus votos en las llamadas 'cuestiones no estrictamente canarias', caso de la tarifa plana de 100 euros en Seguridad Social que lanzó Mariano Rajoy en el último debate sobre el estado de la Nación, apoyada por Oramas y rechazada por el diputado Quevedo. Y que cada lector o votante decida quién actuó con más sentido común y más sentido de servicio al interés de las economías domésticas.

Ante la cuestión catalana, o mejor, esa extravagancia política endogámica con que Artur Mas trata de sepultar las muchas ineficiencias políticas que pasan factura a los ciudadanos catalanes, ha vuelto a ocurrir. De modo que nuestros dos diputados nacionalistas, aunque caben holgadamente en un taxi, no se han puesto de acuerdo en una posición común. En justicia, hay que subrayar que no se trata de una responsabilidad individual, sino inducida por sus respectivas formaciones políticas. Enfrentada a varios de sus demonios internos, como su corriente independentista o la mucho más relevante batalla abierta por la candidatura presidencial a las autonómicas de 2015, Coalición Canaria tiró por la vía intermedia, la abstención. En tanto que Nueva Canarias hace un ejercicio de retorno a sus orígenes remotos y le da un sí, aritméticamente inútil, pero políticamente visible, a Artur Mas. Dejando de camino muy claro que, entre interiorizar la globalización y explorar las fórmulas de la endogamia política, ante la cuestión catalana NC elige gravitar sobre los espantajos del ombligo y la aldea.

Desde luego, Nueva Canarias es muy libre de experimentar cuantas extravagancias políticas acaricien sus dirigentes, incluso cuando se pueda sospechar que intervienen factores meramente cosméticos. En el caso que nos ocupa, invocan Quevedo y NC sus decisiones de congreso, esto es, la apasionante literatura interna que reconoce el derecho de los pueblos a decidir su propio futuro y bla, bla, bla, aunque ahora no procedan (que también lo dicen) las aventuras secesionistas. ¿Esto es un 'sí' aunque pensamos 'no'? ¿En qué quedamos? Pues quedamos en que queda bien, muy cool, alinearse con la izquierda de la Cámara y votar 'sí' a sabiendas de que no servirá para nada. Las poses. Ay, las poses. Como cuando algunos de los cerebros que alimentan esta NC de hoy hacían hace ya algunos años campaña a favor del voto europeo a Herri Batasuna en la versión ligth de Txema Montero y hoy esquivan cuidadosamente el detalle en sus curriculums.

¿Y qué hay mientras tanto al otro lado del Mississipi, esto es, Coalición Canaria? Pues lo de siempre: ese mix de alma atormentada que un día se levanta con el pie de heredero del espíritu de UCD (sí, la UCD, incluso si me apuran un punto a la derecha de Adolfo Suárez) y al siguiente grita Atis Tirma sobre la memoria de Secundino Delgado. Esa CC que lo mismo se abraza un día al jacobinismo del ministro responsable de obras públicas si éste envía buenas remesas para carreteras a Canarias, que amenaza al siguiente al Gobierno de España con agitar el fantasma del independentismo. Ese potaje donde, junto a varios de los mejores políticos que ha cosechado Canarias a lo largo de la transición, habitan unos singulares pollos sin cabeza que lo mismo cantan "a Madrid hasta el fin" que "fuera godos", dependiendo por ejemplo de si Miguel Zerolo (ay, ese prócer tan injustamente zarandeado por la policía y los jueces "de España") debe o no sentarse en el Senado en busca de aforamiento.

Es la esquizofrenia política, amigos. Y suele agudizarse en días como estos en los que, muy a pesar de que los votos a emitir en el Congreso vayan previamente avalados por los órganos de dirección del partido, caso de la abstención del martes de Ana Oramas, el descerebramiento de un llamado sector nacionalista radical (y aplíquese lo de 'radical' a cualquier gesto o actitud que no implique renunciar a la poltrona, el carguito y el sueldo) da hasta vituperar a la diputada y portavoz de CC por la osadía de decir, alto y claro, que eso de la independencia de Canarias es el camino a ninguna parte.

Esos 'independentistas' reciclados que lo mismo organizan manifestaciones xenófobas, que aplauden al senador Zerolo (oh, cielos, esa pobre víctima de los aparatos del Estado en la ciénaga de Las Teresitas) o te ofrecen darte un "tenicazo" o pedrada por "godo". La venganza de los pollos sin cabeza. Señor, qué paciencia...


















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